Un cuento para disfrutar
Arturo
-No puedo seguir siendo así- se dice a sí mismo Arturo-. Tengo que cambiar, mientras sea posible-. Está convencido de que las cosas todavía están a tiempo de mejorar, de que puede cambiar la opinión que la gente tiene de él. Quiere creer que los errores del ayer pueden enmendarse.
“¿Cambiar? No es posible para alguien como vos”. Las voces en su cabeza son crueles con Arturo, pero él no puede callarlas ya que sabe que están en lo cierto. Son las voces de una niña y un niño que acaban de perder a su padre, son sus gritos y sollozos tratando de reanimar el cuerpo del padre que tanto cariño les había dado.
-Hasta las mejores personas cometen errores- Arturo no daba por perdida la esperanza. Nunca se había caracterizado por su optimismo, pero los libros de su casa, sus únicos amigos, le mostraron un mundo de personas que se reponían luego de una caída. Cuando no sabía si correr o parar, encontró en ellos su escape, su refugio.
“¿Eso es todo lo que fue mi papá? ¿Un simple error?” Se apareció en la cabeza de Arturo la niña de no más de ocho años bañada en un charco de sangre besando a su padre que dormía para no despertar jamás.
-¡No! ¡Sí! ¡No sé! ¡Fue un error que no sé cómo solucionar!- Arturo casi logra sentir pena por sí mismo, sabiendo cuanto lamentaba ya no poder caminar desapercibido por las calles, ni tomar un avión con rumbo a alguna costa caribeña
“¿Pensás en serio que hay una forma de arreglarlo? Nada va a traer a mi viejo de vuelta”. El niño de unos 14 años llamando a la policía en la puerta del bar, tratando de consolar a su hermanita y de seguir con la mirada al hombre de campera negra que escapaba en la noche
-Tiene que haberla, tienen que ayudarme- Arturo estaba desconsolado. Pidiendo ayuda a su mismo enemigo, la locura corría en sus venas como cien caballos a pleno galope. Arturo necesitaba dejar de ser él, pero no sabía cómo, no sabía si podía
“¿Ayudarte? ¿Siquiera sabes lo que es ayudar al otro?” Arturo encontró estas palabras aún más hirientes que todas las anteriores, porque recordó que había ido a hacer al bar esa noche.
-Ese día…- su voz temblaba luego de cada sonido- Ese día fui al bar para ganar plata en el pool…necesitaba la plata para pagar la libertad bajo fianza de un conocido…- sus ojos se humedecían- este tipo no me pagó después de la partida, me enojé, yo...- dijo, interrumpiéndose a sí mismo porque sabía que no encontraría otras palabras que lo ayudaran.
Arturo estaba en una batalla constante con su mente, que no lo dejaría olvidar nunca sus acciones que, por impulsivas, terminaron en tragedia. ¿Cómo olvidar la desolación en los ojos de la niña? ¿Cómo olvidar la desesperanza en los ojos del niño? ¿Podría él seguir con esa vida, escapando de la policía, viviendo en una casa junto al río, en el bosque? ¿Podría ser ya el momento de rendirse a los restos de su moral que exigían justicia por una víctima de su atropello? ¿Podría la bestia dentro de él dominarlo y mantenerlo cautivo de este sufrimiento de ser dos personas, de ser el ángel y el demonio? Alguien debía encontrar respuestas a estas preguntas y Arturo, sin verse capacitado para el trabajo, decidió delegarlo a su único amigo, el azar.
Arturo fue a su habitación, tomó un revolver que mantenía para situaciones extremas y lo cargó con una sola bala.
“¡Sí!” Se oían al unísono las voces de los niños enfocados en su sentido de justicia
“¡No!” La Bestia no podía permitirlo, su existencia estaba condicionada por Arturo
“Si lo haces, la Bestia muere, junto con tus errores” Los niños no contenían su felicidad
“Si no lo haces, sobrevivís. Sobrevivimos. Pero si lo haces, vos, yo, tus gustos, tus capacidades, tu moral, todos morimos”. La Bestia se desesperaba en su intento de disuadir a Arturo
“¡Justicia!” cantaban los niños
“¡Libertad!” rugía la Bestia
Arturo giró el tambor del revolver apenas cargado
-Esta vez- con calma, Arturo hizo una pausa para tomar un vaso de whiskey-, no elijo yo.
Y así, de pie frente a su biblioteca repleta de experiencias ajenas, el gatillo jaló.
-No puedo seguir siendo así- se dice a sí mismo Arturo-. Tengo que cambiar, mientras sea posible-. Está convencido de que las cosas todavía están a tiempo de mejorar, de que puede cambiar la opinión que la gente tiene de él. Quiere creer que los errores del ayer pueden enmendarse.
“¿Cambiar? No es posible para alguien como vos”. Las voces en su cabeza son crueles con Arturo, pero él no puede callarlas ya que sabe que están en lo cierto. Son las voces de una niña y un niño que acaban de perder a su padre, son sus gritos y sollozos tratando de reanimar el cuerpo del padre que tanto cariño les había dado.
-Hasta las mejores personas cometen errores- Arturo no daba por perdida la esperanza. Nunca se había caracterizado por su optimismo, pero los libros de su casa, sus únicos amigos, le mostraron un mundo de personas que se reponían luego de una caída. Cuando no sabía si correr o parar, encontró en ellos su escape, su refugio.
“¿Eso es todo lo que fue mi papá? ¿Un simple error?” Se apareció en la cabeza de Arturo la niña de no más de ocho años bañada en un charco de sangre besando a su padre que dormía para no despertar jamás.
-¡No! ¡Sí! ¡No sé! ¡Fue un error que no sé cómo solucionar!- Arturo casi logra sentir pena por sí mismo, sabiendo cuanto lamentaba ya no poder caminar desapercibido por las calles, ni tomar un avión con rumbo a alguna costa caribeña
“¿Pensás en serio que hay una forma de arreglarlo? Nada va a traer a mi viejo de vuelta”. El niño de unos 14 años llamando a la policía en la puerta del bar, tratando de consolar a su hermanita y de seguir con la mirada al hombre de campera negra que escapaba en la noche
-Tiene que haberla, tienen que ayudarme- Arturo estaba desconsolado. Pidiendo ayuda a su mismo enemigo, la locura corría en sus venas como cien caballos a pleno galope. Arturo necesitaba dejar de ser él, pero no sabía cómo, no sabía si podía
“¿Ayudarte? ¿Siquiera sabes lo que es ayudar al otro?” Arturo encontró estas palabras aún más hirientes que todas las anteriores, porque recordó que había ido a hacer al bar esa noche.
-Ese día…- su voz temblaba luego de cada sonido- Ese día fui al bar para ganar plata en el pool…necesitaba la plata para pagar la libertad bajo fianza de un conocido…- sus ojos se humedecían- este tipo no me pagó después de la partida, me enojé, yo...- dijo, interrumpiéndose a sí mismo porque sabía que no encontraría otras palabras que lo ayudaran.
Arturo estaba en una batalla constante con su mente, que no lo dejaría olvidar nunca sus acciones que, por impulsivas, terminaron en tragedia. ¿Cómo olvidar la desolación en los ojos de la niña? ¿Cómo olvidar la desesperanza en los ojos del niño? ¿Podría él seguir con esa vida, escapando de la policía, viviendo en una casa junto al río, en el bosque? ¿Podría ser ya el momento de rendirse a los restos de su moral que exigían justicia por una víctima de su atropello? ¿Podría la bestia dentro de él dominarlo y mantenerlo cautivo de este sufrimiento de ser dos personas, de ser el ángel y el demonio? Alguien debía encontrar respuestas a estas preguntas y Arturo, sin verse capacitado para el trabajo, decidió delegarlo a su único amigo, el azar.
Arturo fue a su habitación, tomó un revolver que mantenía para situaciones extremas y lo cargó con una sola bala.
“¡Sí!” Se oían al unísono las voces de los niños enfocados en su sentido de justicia
“¡No!” La Bestia no podía permitirlo, su existencia estaba condicionada por Arturo
“Si lo haces, la Bestia muere, junto con tus errores” Los niños no contenían su felicidad
“Si no lo haces, sobrevivís. Sobrevivimos. Pero si lo haces, vos, yo, tus gustos, tus capacidades, tu moral, todos morimos”. La Bestia se desesperaba en su intento de disuadir a Arturo
“¡Justicia!” cantaban los niños
“¡Libertad!” rugía la Bestia
Arturo giró el tambor del revolver apenas cargado
-Esta vez- con calma, Arturo hizo una pausa para tomar un vaso de whiskey-, no elijo yo.
Y así, de pie frente a su biblioteca repleta de experiencias ajenas, el gatillo jaló.
Comentarios
Publicar un comentario